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Baron Pierre de Coubertin

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(Pierre`s dream - extraida de redes sociales)

PIERRE DE COUBERTIN, EL VISIONARIO

(Del libro Conmociones en el Olimpo, pág. 104) (*) 

Por Alberto E. Moro

La humillante y rápida derrota francesa ante Prusia en la Guerra de 1870-71, en la que el país perdió Alsacia y Lorena, impactaría fuertemente en un niño de 7 años que cursaba su escuela primaria en París, y que después estudiaría en la Universidad de Ciencias Políticas para adquirir la sólida cultura humanista que lo adornó a lo largo de su proficua vida. Se llamaba Pierre de Fredy (1863 – 1937), y pertenecía a una familia noble de ascendencia italiana afincada desde hacía tiempo en Francia, uno de cuyos integrantes había adquirido en 1567 el Señorío de Coubertin, en las cercanías de París.

Desdeñando una carrera militar muy propia para gente de su rango en aquellos tiempos, y decididamente decepcionado por la política y en especial por la actuación de los políticos, completa su formación en un viaje de capacitación y estudio por Europa y por los Estados Unidos, del cual extrae importantes conclusiones que lo llevarán a inclinarse por una tarea pedagógica trascendente: reformar la educación en su país. Según algunos de sus exégetas, declaraba: “He decidido cambiar bruscamente mi carrera en el deseo de unir mi nombre a de una gran reforma pedagógica (…) ya que lo más importante en la vida de los pueblos modernos es la educación (…), la educación que ha de ser el prefacio de la vida (…), y lo que así expreso es el resultado de las observaciones incorporadas en las distintas etapas de mis viajes por los estado de Europa y América del Norte, en donde he podido constatar la existencia d grandes corrientes de reforma pedagógica, independientes de los sistemas gubernamentales e incluso superiores a las mismas tradiciones nacionales”.

Por aquellos tiempos, numerosos pedagogos habían estado trabajando sin saberlo en la preparación del terreno para el restablecimiento de los Juegos Olímpicos, tarea que esperaba la acción de un genio sintetizador.Francisco Amorós (1767-1848), Marqués de Sotelo, propugnaba en España la necesidad de incluir los ejercicios físicos en la educación; Henrik Ling (1776-1839) hacía lo propio en Suecia creando el método que posteriormente sería universalmente conocido como “gimnasia sueca”; mientras Ludwig Jahns (1778-1852), aún hoy reconocido como “el padre de la gimnasia”, reunía a la juventud alemana en un ingenioso programa gimnástico por medio de aparatos sencillos en las plazas de Berlín, y luego difundidas a toda Alemania y Suiza. Tampoco podemos olvidar a Miroslav Tyrs (1834-1884) y su seguidor Jindrich Fugner en Checoslovaquia, quien fundaba a mediados del siglo la organización Sokol, de orientación atlética, gimnástica y patriótica.

En particular, impresionaron profundamente a Pierre de Coubertin las reformas del pastor anglicano Thomas Arnold (1795-1841 en Gran Bretaña, profesor de historia en Oxford y rector de la Rugby School, quien impulsó los estudios humanistas, sociales y políticos, y propulsó la reforma de las escuelas públicas inglesas, incluyendo el deporte de competición como elemento básico de sus sistema educativo. Estos antecedentes, sumados a sus viajes exploratorios, fueron inclinando a Coubertin al descubrimiento revelador de que el deporte era un medio extraordinario, convocante, rápido y eficaz, que serviría como esqueleto sobre el cual construir un nuevo sistema pedagógico basado en la sana competencia y el respeto mutuo, capaz de unir a la juventud del mundo en pos de un ideal de paz y sana convivencia. Éste, y no otro, fue el poderoso motor intelectual que lo llevó a concretar la magna obra organizativa, literaria, filosófica, y profundamente pacifista que hasta hoy lo sobrevive. 

 Es así como, el 25 de Noviembre de 1892, en una conferencia sobre “Los ejercicios físicos en el mundo moderno”, que pronunció en la Universidad parisina de La Sorbonne, movido por el entusiasmo, puso sobre el tapete la posibilidad de revivir los Juegos Olímpicos. Pero los aplausos que rubricaron su anuncio, solo enmascaraban la general incomprensión y desinterés por el proyecto. Según sus propias palabras: “Se aplaudió, se aprobó, se me deseó un gran suceso, pero nadie había comprendido. Era la incomprensión total, absoluta, que comenzaba, y que debía durar largo tiempo.” La idea cristalizaría sin embargo, dos años más tarde, en un escenario semejante.

En aquellos tiempos había una gran dispersión de las diferentes actividades deportivas, marcadas muchas de ellas por las diferencias de clase y la estigmatización, uno de los principales problemas con los cuales tuvo que luchar el bien intencionado reformador que propugnaba “el olimpismo viene a traer aire y luz para todos”. Las duras antinomias existentes entre los distintos deportes eran para Coubertin “poco explicables”, puesto que todas esas actividades “descansan sobre el mismo substrato de goce muscular y desarrollo corporal previo. Su pedestal psico-fisiológico es idéntico. Pero los deportistas del Siglo XIX estaban profundamente convencidos de que la técnica de un deporte era contraria a la de otro y de que sus prácticas eran mutuamente nocivas. El esgrimista se deterioraba si hacía box. El remero debía desconfiar de la barra fija. En cuanto al caballero atildado de ese tiempo, la idea de correr a pie o jugar al fútbol y transpirar, le daba náuseas. No había más que el tenis, en ese entonces en su aurora, y la natación que no suscitaran desconfianza; el primero de esos ejercicios no era entonces más que un pasatiempo elegante, y el segundo una costumbre militar recomendada por la higiene general y la seguridad en caso de accidente o de salvataje obligatorio.” Corroborando ese certero diagnóstico de Pierre, podemos intuir lo que pensaba la sociedad europea de hace poco más de cien años. El tenis era el “deporte blanco” de las élites, el box era para la ralea, la equitación para los campesinos, la lucha, la acrobacia y el levantamiento de pesas eran propios de los circos, el atletismo cosa de ingleses y norteamericanos, y la natación una necesidad de los bomberos, militares y encargados de la seguridad de las costas. 

El ciclismo y el automovilismo eran una novedad al alcance de muy pocos. Los deportistas en general, que no eran muchos, no se entendían ni se veían como partes de un movimiento único que ponía el acento en lo corporal. Más bien se detestaban y desconfiaban los unos de los otros. De no mediar la intervención de Coubertin, jamás se hubieran unido para llevar a cabo algo juntos.

Por su parte, el gran público estaba totalmente desinformado y desentendido de lo que se estaba gestando. Como cuenta el restaurador en sus memorias, hasta algunos de la clase “cultivada” tan solo bastardeaban la idea haciendo bromas acerca de “si las mujeres serían admitidas en los nuevos juegos y si, como en algunos períodos de la antigüedad, la desnudez general sería impuesta para defender mejor el acceso al recinto del sexo débil”. Esto habla a las claras de la discriminación hacia la mujer que imperaba en esa sociedad tan pacata como machista. Deben considerarse además, para valorar la gigantesca tarea de Pierre de Coubertin, las dificultades que presentaban todas las formas de comunicación interpersonal  posibles entre los seres humanos, ya que el teléfono era aún rudimentario, las cartas a ultramar tardaban meses, e ir al extranjeros significaba interminables viajes en tren o en barco hasta llegar a destino, pues la aviación era todavía un sueño inalcanzado. Todo era incomparablemente más difícil en ese campo, en épocas en las que no había comunicaciones radiales, telefónicas o postales fáciles, ni televisión, ni, obviamente, correo electrónico. No obstante estas carencias, Pierre de Coubertin se las ingenió para reunir voluntades alrededor del mundo, y en un magno “Congreso para el Restablecimiento de los Juegos Olímpicos”, celebrado esta vez en el gran anfiteatro de la nueva Sorbona entre el 16 y el 24 de Junio de 1894, logra fundar el Comité Olímpico Internacional, designándose a la ciudad de Atenas como la sede de los Primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna.

Una gran obra literaria y organizativa, de contenido esencialmente ético y pacifista, desarrollada a lo largo de su vida, serviría como fundamento para el desarrollo del más grande y universal de los movimientos sociales del Siglo XX, que aún se nutre de las enseñanzas dejadas a la posteridad por un hombre insigne, clarividente y bueno como lo fue Pierre de Fredy, Barón de Coubertin.

Su cuerpo fue enterrado en Suiza, el país que acogió sus ideas con mejor predisposición que su propio país natal, cuando la muerte lo sorprendió mientras paseaba cavilando por un parque de Ginebra. Así lo dispuso en su testamento, donde también pidió que su corazón fuera llevado a Olimpia, el lugar sagrado cargado de símbolos que sirvió como inspiración para su magna obra. Y desde marzo de 1938, momento en el cual el Rey Pablo de Grecia lo colocó bajo una estela de mármol blanco, perdida en la espesura y ya marcado por el tiempo, su animoso corazón sigue latiendo para la historia.

(*) Los encomillados son textuales de: 

COUBERTIN Pierre, Memoires Olympiques. C.I.O., Lausanne, 1979.

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PIERRE DE COUBERTIN Y LA ARGENTINA

PIERRE DE COUBERTIN Y LA ARGENTINA

Por Alberto E. Moro

(Publicado en el Diario del Valle – Valle de Punilla, Córdoba, febrero de 1995)

“El principal objetivo en la vida no es la victoria sino la lucha,

lo importante no es haber vencido, sino haber luchado bien…”

Pierre de Coubertin

No siempre lo que uno da por sentado lo está verdaderamente. En la multiplicidad de opciones que tenemos los seres humanos frente al conocimiento, muchos ignoran lo que nosotros sabemos, así como muchos saben lo que nosotros desconocemos.  “C’est la vie”, diría el francés Pierre de Coubertin.

Tanto es así, que no hace mucho, una señora que visitaba el Museo del Deporte de La Falda que lleva el nombre del ilustre visionario, me preguntó: -“¿Usted es Pierre de Coubertin?”

Como consecuencia de esta jocosa confusión, es oportuno decir que Pierre de Coubertin fue un pedagogo francés nacido noble con el título de Barón –que muy poco le importaba aunque le sirvió para abrir muchas puertas- que sufrió como pocos la desastrosa derrota de los franceses ante los prusianos en 1870, cuando él tenía 7 años. Dedicó su vida a la búsqueda de una motivación idealista capaz de generar un espíritu de paz en el alma de los hombres.

Afortunadamente, dio con ella en ciertas actividades incipientes por aquellos años y que hoy denominamos deporte. Supo que en Inglaterra se estaba haciendo nuevas experiencias pedagógicas basadas en la ejercitación física, y trató de fomentarlas en Francia utilizando los escasos fondos que su “trabajo” de noble le proporcionaba.

Pero además, como era un estudioso, descubrió en el aula permanente de la historia que más de 2000 años atrás se hacían unos juegos en la Grecia antigua, y que tenían un contenido religiosos en homenaje a los Dioses del Olimpo, por lo que se llamaban Juegos Olímpicos. Se celebraban cada cuatro años, intervalo que según se cree denominaban “olimpíada” y –lo que más asombro le produjo- cuando llegaba el momento debían interrumpirse para su celebración las frecuentes guerras entre las ciudades-estado fortificadas de aquellos tiempos, de las cuales Esparta y Atenas son el ejemplo más cabal. 

Después de un ímprobo trabajo de adaptación primero y de concientización después, logra por fin y a duras penas, fundar el primer Comité Olímpico Internacional, en el año 1894. Y ¡adivinen ustedes!... Esto es difícil de creer, en la primera Comisión Directiva de ese Comité recién nacido, ¡había un argentino! Se trataba del profesor José Benjamín Zubiaur, nacido en Paraná, Entre Ríos, rector del colegio Nacional de Concepción del Uruguay y doctor en jurisprudencia. Un hecho sumamente curioso, que demuestra la conocida ubicuidad de los argentinos, a través de la oportuna presencia de un compatriota que, seguramente, se hallaba abrevando en la vertiente europea de las fuentes de nuestra nacionalidad.

Tanto más curiosa es esta presencia argentina en los orígenes del Movimiento Olímpico Internacional, dado que no es sino 30 años más tarde cuando Argentina participa por primera vez con una delegación en Los Juegos Olímpicos, en París, año 1924.

Pero no todo fueron flores en la relación de las autoridades de nuestro país con Pierre de Coubertin, el fundador del olimpismo moderno. En 1910, conmemorando el Centenario de la que se había acordado como fecha de la independencia nacional, se organizaron unos Juegos Deportivos Olímpicos, usurpándose así el nombre, la marca de fábrica, de los Juegos que organizaba el Comité Olímpico Internacional.

Esto, por lo visto y leído, desató la cólera del Barón de Coubertin, quien más tarde escribiría en sus Memorias “que los miembros argentinos del Comité Olímpico Internacional no habían tenido ninguna ayuda allá abajo (se refería a nuestra ubicación geográfica), donde tan pronto sufrían una incomprensión total, como en otro momento veleidades de independencia llevadas al extremo y muy incómodas, como la de organizar una olimpíada independiente”.

Como se ve, y como a menudo ocurre en el devenir de las relaciones humanas, amor y odio en dosis equilibradas. Como dice un tango, compendio de sabiduría popular argentina: “Por eso te odio, por eso te quiero, con todas las fuerzas de mi corazón”.

La Falda, Febrero de 1995

 

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